En este momento estás viendo Valses del Mundo

Valses del Mundo

Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Querétaro
Por Jahsive Quintero

Notas al programa

Hoy se viaja con valses en los salones de la memoria, de los sueños y de los cuentos que seguimos contándonos. Hay algo curioso en la música que gira en tres tiempos, el vals tiene esa forma circular que parece que nos regresa siempre al mismo punto, como si estuviera terco en no dejarnos salir del recuerdo. Se sienten como lugares íntimos, habitaciones a las que entras sin saber exactamente que estas buscando, pero irónicamente recuerdas todo. Podría ser esa sensación que sólo nos revela parte de la infancia. 

Me refiero a cuatro valses que nacieron lejanos unos de otros, pero que hablan de un mismo fondo mágico. Dos de Tchaikovsky, el Vals de la bella durmiente y el Vals de las flores. Uno del musical e historia de Anastasia, Once upon a december, y otro totalmente distinto, pero igual de emocionante: Merry go round of life, del compositor Joe Hisaishi en El castillo vagabundo. Es curioso que no pertenezcan a la misma época, ni al mismo contexto cultural, pero todos activan esta sensación semejante, una nostalgia mágica, que no estamos seguros si vivimos. Eso me hace pensar una idea que me cuesta dejar, ¿existen recuerdos que parecen verdaderos, aunque no hayan sucedido? Me encanta que la música pueda llevarte a distintos espacios de tu mente.

Hablemos del Vals de la bella durmiente, lo recordamos quizá como un festejo de la celebración de la princesa Aurora, guirnaldas, flores, música, magia, naturaleza y un castillo lleno de vida. Pero existe también en esta historia, un sueño profundo y en el hechizo que se le dio, un sueño eterno. La espera de un amor y la incertidumbre de este, el tiempo suspendido entre los aldeanos y las personas del castillo. Este vals está lleno de contrastes, es alegre, pero suena también un fondo que es particularmente muy especial en la composición de Tchaikovsky, notas de alegría que tienen memoria de tristeza.

El Vals de las flores, es un jardín que florece sin pedir permiso. Narrativamente, una pieza compuesta para el ballet “El Cascanueces”. Quizá la historia que acercó a millones de personas al ballet clásico.

Dentro de su esencia narrativa nos conmueve con la tradición más difundida del ballet, como la magia irrumpe en la Nochebuena del 24 de diciembre en el hogar de la pequeña Clara Stahlbaum. Durante la fiesta, su padrino Drosselmeyer le entrega como regalo un muñeco cascanueces que despierta en ella una fascinación inmediata. En la noche mientras Clara sueña dormida abrazando a su muñeco, se despierta para ser testigo de que su querido cascanueces (transformado en un guerrero de tamaño humano) lidera un ejército de soldados contra las hordas del temible Rey Ratón. Tras una batalla épica donde la valentía de Clara resulta crucial, el cascanueces vence y se muestra como un verdadero príncipe encantado. Agradecido, el joven la invita a un viaje hacia su reino, el Reino de los Dulces, donde Clara es recibida por el Hada de Azúcar y se maravilla ante un desfile de bailes que personifican copos de nieve, flores y delicias de todo el mundo, en un festín coreográfico que celebra la diversidad de las culturas.

En el contexto musical del ballet, se presenta en el segundo acto y muestra específicamente como Clara y el príncipe son recibidos por el hada de azúcar y sus acompañantes. Imagina esto, un puñado de flores cobran vida, abren sus pétalos y comienzan a danzar alegremente, con gracia y elegancia, como lo harían las flores si de verdad pudieran hacerlo. La pieza comienza con un solo de arpa que es, icónico. Representa una parte importante para el repertorio de arpa. Elegante, sutil, delicado y realmente hermoso. Y comienza la música, que transporta al espíritu hacia el pasado donde se realizaban estos bailes. Un deleite en los sentidos. 

Las cuerdas presentan un tema musical alegre, en una tonalidad mayor brillante (la mayoría del tiempo), donde las maderas siempre hacen una respuesta como si fueran aves en el cielo, contestando la danza de las flores, la melodía totalmente contemplativa. Pero por un instante, hay un momento que es uno de los secretos mejor guardados en la pieza, un detalle que da un giro dinámico por parte del compositor ruso a mitad de la melodía. Como si, una nube pasajera ocultara el sol de la primavera, los violonchelos tocan en ese preciso momento en tonalidad menor, creando dramatismo. La tonalidad menor pasa, y las flores continúan en armonía mayor.

Llega un punto en la obra en que las lágrimas quieren asomarse, pero no por tristeza, es como si el corazón no tuviera espacio para tanta alegría. Tan pura alegría que la única manera de que salga es por los ojos. No lloras porque falte algo, de repente puedo pensar en una persona que logro colocar las notas correctas para describir lo que se siente ver la primavera por primera vez; una promesa de felicidad y elegancia en un baile que parece de un cuento de hadas, y que esto, pueda todavía tocar tu alma y atravesar el tiempo. 

Luego está Anastasia, es una pieza emocionalmente rica en recuerdos de Anya. Ella trata de reconectar con su identidad perdida, a través de recuerdos fragmentados de una infancia mágica y lejana. Una reflexión sobre la pérdida, la memoria colectiva y la búsqueda de sus orígenes.

Encuentro en esta melodía igual melancolía, no es triste, parece la voz de un colectivo de mujeres que llevamos un recuerdo heredado, una historia perdida, de antes de que el mundo nos dijera quiénes éramos. Una memoria que da un sentimiento profundo de seguridad, un brillo que parece que era nuestro y que sabemos que aún nos pertenece. Cuando la escucho no pienso exactamente en un palacio, suena en mi mente la promesa de la mujer que puedo llegar a ser, o que pude haber sido si ciertas cosas no se hubieran quebrado, un duelo que no es por un hombre, es una versión de una misma que se queda estática en el tiempo. Pero la música sube ligeramente, llegando al estribillo, y de repente hay un vals de fantasmas que no dan miedo. —Me gusta pensar que en esta escena ella baila con los espíritus de su familia, y que no es solo un sueño —.

Una canción tierna sobre la resiliencia de la identidad propia. La historia cuenta como incluso cuando nos han arrancado nuestra historia, nuestro nombre y el lugar de donde venimos, queda dentro de nosotros algo que nos recuerda nuestro lugar en el mundo. Tenía que contarlo, porque sé que todos guardamos un diciembre propio.

El castillo vagabundo de Hisaishi, la música funde elementos occidentales y orientales. El vals se encuentra con armonías y sensibilidades japonesas, crea un sonido que refleja la naturaleza nómada del castillo. Con pocos elementos musicales escuchas el perfecto minimalismo expresivo japones. La pieza delicadamente va creciendo orquestalmente, paralelamente al desarrollo emocional de los personajes. Esta progresión no es solo musical, sino dramática. Es música que flota con un peso emocional, personalmente lo encuentro con un trasfondo nostálgico.

Me parece correcto mencionar la palabra “anemoia“, un concepto que significa: extrañar un ayer que nunca tuvimos. Esto me hace sentir la melodía principal del castillo vagabundo. Es una sensación que nace cuando la mente nos construye recuerdos de tiempos inventados, épocas que comenzamos a construir solo por historias contadas por otros, por imágenes que vimos, como si nos apropiáramos de recuerdos ajenos de un mundo que no esta en nuestra historia, y que igual sentimos y nos pertenece.

El compositor Hisaishi se inspiró en capturar la naturaleza mágica y cambiante del castillo de Howl, un lugar inestable, mecánico, nómada y encantado. El mismo ha explicado como buscó exponer la sensación de que la vida da vueltas y vueltas, con altibajos, alegrías y tristezas, pero siempre continua. No quiso crear un vals clásico europeo, buscaba algo único. Usó el compás de ¾ como punto de partida, incorporando su sello personal de armonías contemporáneas e impresionismo, con una sensibilidad de cine.

La historia sigue a Sophie, una chica que trabaja en una sombrerería y que, para decirlo sin rodeos, vive empequeñecida dentro de la idea que tiene de sí misma. Un día se cruza con Howl, un mago raro y poderosos, pero de los que huyen cuando algo les importa de verdad. Ese encuentro cambia su destino, porque la bruja le lanza una maldición y la convierte en una mujer anciana. Y entonces empieza todo. Aquí entra la música. Es prácticamente la respiración y la vida del castillo, las cosas cambian, pero siguen siendo las mismas, como Sophie y nosotros.

El castillo no confía en quedarse en ningún sitio, se abre una puerta y no sabes si te llevará a un mercado o a un tranquilo campo. La música hace lo mismo, cambia, se expande, vuelve, pero conserva el ritmo de vals. Sophie entra en ese castillo para salvarse sin saberlo. Adentro conoce a Calcifer, un demonio de fuego con quien Howl hizo un trato tiempo atrás, y cuyo destino está amarrado al suyo. Conoce a Markl, al perro que no es solo un perro, y a ese espacio lleno de puertas que no llevan al mismo lugar dos veces. También existe una guerra ahí afuera. En algún punto, el castillo se deshace y vuelve a armarse con lo que queda. Puede sonar simple, pero ahí está el argumento de la historia, nadie sale ileso de vivir, pero eso no significa que no podamos seguir andando.

Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893) 

La vida de Tchaikovsky suele interpretarse como una historia marcada como triste y melancólica. Fue un hombre que constantemente buscó estímulos externos para sostener su camino creativo. Sus padres, quienes tuvieron una formación musical, ya habían decidido desde su nacimiento que él debía convertirse en funcionario público. Y aunque estudió esa profesión y le dedicó tres años de trabajo con disciplina, terminó por transformarse en el primer compositor ruso capaz de causar una profunda y duradera impresión en el mundo. 

Si bien tuvo pequeños acercamientos al piano y al lenguaje musical desde los cinco años, gracias a maestras y maestros cercanos, pero la idea de dedicarse formalmente a la composición no era bien recibida en su familia. Por ello, debió enfrentarse a los planes que sus padres tenían para él. La falta de apoyo íntimo y afectivo hacía este deseo interno, alimentó en el compositor una búsqueda incesante de aliento en amistades, conocidos y maestros que encontraría más adelante. 

Todo ese conflicto resonó internamente por años en su cabeza, aunque albergaba un deseo genuino de tocar música, y de componer, su mente lo empujaba una y otra vez a desconfiar de su talento y de sus capacidades. Solo después de cumplir con las expectativas familiares (estudiar derecho y ejercerlo por un tiempo), logró por fin soltar ese peso ajeno y entregarse finalmente a aquello que realmente latía en su corazón, componer e interpretar música.

Él mismo Tchaikovsky confesó que cuando en 1875 se aventuró a escribir El lago de los cisnes, lo hizo no por un mandato interno, sino por una urgencia más terrenal, la necesidad monetaria. Pasaron los años (trece inviernos y veranos, dos sinfonías, varias óperas exitosas) y de nuevo fue buscado para un ballet. El Teatro Maryinsky de San Petersburgo le encargó entonces dar música al viejo relato de Charles Perrault, La Bella Durmiente. En esta obra, que el tiempo convirtió ya en joya imprescindible del repertorio, Tchaikovsky alcanzó una plenitud difícil de nombrar. Entre sus páginas resplandece un vals inolvidable.

Sin embargo, esa fragilidad fue también parte de una fuerza creativa. Sus composiciones comenzaron a abrirse camino en escenarios importantes, y su nombre empezó a resonar fuera de Rusia. La oportunidad de trabajar en el Conservatorio de Moscú y, más tarde, el encuentro con la empresaria rusa Nadezhda von Meck (su mecenas y cómplice durante años) le ofrecieron un respiro afectivo y económico que sostuvo una de las etapas más productivas de su obra. Aunque nunca se conocieron en persona, ella se convirtió en una presencia vital durante catorce años, alguien que confió en su genio cuando él dudaba de sí mismo.

Sus viajes a Europa, los homenajes públicos y la creciente admiración internacional no disiparon del todo sus tormentas interiores, pero le ofrecieron instantes de certeza. Ya en una etapa madura, Tchaikovsky logró reconciliarse parcialmente con su destino.

La muerte lo alcanzó en 1893, en circunstancias que todavía hoy generan discusiones e interpretaciones contrapuestas. Algunos han querido ver en su final un desenlace trágico inevitable, pero lo que permanece no es la forma en que dejó el mundo, sino lo que su música sembró en él.

Dentro de sus escritos, reflexiones y cartas en la primavera de 1870 con treinta años, podemos encontrar textos dedicados a la reflexión, en cuanto a la tristeza y la depresión; y como está emoción ocupa su lugar en un mundo contradictorio:

Estoy sentado con la ventana abierta, a las 4 de la madrugada, respirando el aire delicioso de una mañana de primavera. La vida aún es buena y vale la pena vivir en una mañana de mayo… ¡Sostengo que la vida es hermosa a pesar de todo! Este “todo” incluye lo siguiente:

1. Enfermedad; estoy engordando, y mis nervios están hechos pedazos.

2. El Conservatorio me oprime hasta la extinción; cada vez estoy más convencido de que soy absolutamente inepto para enseñar teoría musical.

3. Mi situación pecuniaria es muy mala.

4. Dudo mucho que Undina se presente. He escuchado que es más probable que me echen.

El camino duele, pero siempre guarda belleza entre los bordes que lastiman.

Referencias

  • Boym, S. (2001). The Future of Nostalgia. Basic Books.
  • Brown, D. (2007). Tchaikovsky: The Man and His Music. Pegasus Books.
  • Juslin, P. N., & Sloboda, J. A. (Eds.). (2010). Handbook of Music and Emotion: Theory, Research, Applications. Oxford University Press.
  • Koizumi, K. (2018). The Music of Ghibli: Analyzing the Soundtracks of Joe Hisaishi. En C. Y. T. Yano (Ed.), Sounds of the Rising Sun: Music in Japanese Popular Culture. Routledge.
  • Levitin, D. J. (2006). This Is Your Brain on Music: The Science of a Human Obsession. Dutton.
  • Magee, J. (2012). Beautiful: The Carole King Musical and the American Jukebox Musical on Stage. En The Oxford Handbook of the American Musical. Oxford University Press.
  • Poznansky, A. (1999). Tchaikovsky Through Others’ Eyes. Indiana University Press.
  • Wiley, R. (2009). Tchaikovsky. Oxford University Press.
  • Wiley, R. J. (1985). Tchaikovsky’s Ballets: Swan Lake, Sleeping Beauty, Nutcracker. Oxford University Press.

.